Cazar policias

Cazar policias

Resulta contradictorio. Los periodistas debemos estar informados. Compilar todos los datos posibles y mantenernos al filo de la actualidad. Sin embargo a veces te dan ganas de tirar la tele por la ventana, quemar el ordenador, y reservar los periódicos para envolver el pescado…

(Dedicado a MarkoSS88)

Resulta contradictorio. Los periodistas debemos estar informados. Compilar todos los datos posibles y mantenernos al filo de la actualidad. Sin embargo a veces te dan ganas de tirar la tele por la ventana, quemar el ordenador, y reservar los periódicos para envolver el pescado…

En la era de la información, el ruido es cada vez más ensordecedor. Y donde antes fluían los datos, más o menos tendenciosos, en las páginas de los diarios, los informativos televisivos o los partes radiofónicos, ahora abundan las opiniones prestadas, los prejuicios, y los castillos construidos con frágiles cimientos, hundidos en refritos una y otra vez replicados desde internet. Pero datos, lo que se dice datos… pocos.

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Resulta frustrante escuchar a los “expertos” en terrorismo, que lo más cerca que han tenido a un terrorista es en la pantalla del cine, sentenciar sobre las motivaciones, los objetivos o las interrelaciones de los grupos amados. Frágiles prospectivas.

Resulta frustrante escuchar a los contertulios televisivos, la mayoría consumidores del producto, opinar sobre la prostitución, cuando su contacto con ese mundo no va más allá de echar un polvo de pago de vez en cuando… algo a lo que no les gustaría renunciar. Frágiles argumentos.

Resulta frustrante escuchar a analistas de la violencia, que nunca se han molestado en convivir con los violentos, sentenciar sobre los cómos y por qués de la agresividad ultra. Frágiles razonamientos.

El trabajo encubierto, es decir, conviviendo durante meses desde dentro con esos colectivos sociales, te ofrece una perspectiva mucho más profunda, completa y objetiva de las motivaciones, las estrategias, y los elementos que componen dichos fenómenos sociales. Por eso te muerdes la lengua hasta hacerte sangre al escuchar la cantidad de prejuicios, especulaciones y tonterías que se vomitan a diario en los medios de comunicación.

Y hoy,  que se ha convocado una nueva manifestación de indignados, desde lejos de casa, la indignación vuelve a corroerme por dentro, al leer lo que se ha publicado los últimos días en relación a la brutal agresión a más de 80 funcionarios de policía durante la última.

Ya lo expliqué en “Diario de un skin” y en “El Palestino”, pero en España los libros llevan las de perder ante el bombardeo mediático de la omnipotente televisión, solo superada por el ruido de internet, principal fuente de información de “intelectuales”, periodistas y analistas.

Tras la infiltración en el movimiento nazi, y después de perder algunos meses siguiendo la pista al Caso Alcasser, y a sus endogámicas conspiraciones, el equipo de investigación me encargó una infiltración en la extrema izquierda. Así me convertí en Ralph, un joven recién llegado de la Cuba revolucionaria a la Barcelona anarquista y antifascista. Me integré en una casa okupa de la ciudad condal: el Forat de la Vergonya, y me convertí en un activista antiglobalización durante meses. No me limité a repetir opiniones prestadas, sacadas de algún blog, ni formé mi criterio en base a bibliografía, programas de TV u otras “fuentes abiertas”. Yo comí, dormí, y viví con ellos. Y también aprendí a “cazar policías”.

Me infiltré en el comité de acciones contra la Europa del Capital, el organismo que gestionaba las acciones durante las protestas de aquel año. Participé en tediosas e inacabables asambleas. Recibí hostias de las UIP, las mismas que hace unos días recibieron una sobredosis de su propia medicina, al encabezar las manifas encapuchado como un miembro más del black bloc, y fui testigo –y lo que es más importante, lo fue mi cámara oculta- de los bastardos intereses que gestionan la indignación popular con fines políticos o de inteligencia.

El Forat de la Vergonya se convirtió en mi tapadera. Situado en el barrio de La Ribera, en pleno Casc Antic, a poca distancia del MACBA (donde años después grabaría las obras sobre mi “padrino” Carlos el Chacal), y del Rabal (donde más tarde conocería algunas prostitutas durante la infiltración en la trata de blancas, y donde frecuentaría después, alguna de las mezquitas consideradas más “peligrosas”, durante “El Palestino), el Forat era entonces una de las casas okupas más activa y relevante de Barcelona.

Y con aquella tapadera, la de “el cubano” del Forat, pude ampliar la investigación en distintas partes del país. Siendo objetivo de la policía (llegaron a detenerme para identificarme varias veces, tanto Mossos d´Esquadra –en Gerona-, como CNP -en Madrid o Compostela-). Y mi cámara oculta grabó todas y cada una de esas situaciones.  Pero si yo también recibí los porrazos de las UIP, fue porque estaba en el lugar apropiado y en el momento oportuno. Gajes del oficio. Sin embargo no seré yo quien se atreva a afirmar, como he leído estos días, que los policías brutalmente agredidos en la última manifa “lo llevan en el sueldo”. Resulta sorprendente como algunas personas, que aseguran abominar de la violencia, la justifican, no obstante, cuando ello no perjudica a sus prejuicios políticos.

Supongo que, a estas alturas, me habré ganado la presunción de inocencia en cuanto a mi ideología. Solo los más radicales de ETA, los grupos armados bolivarianos, y el integrismo antisistema, que se consideran “victimas” de “El Palestino”, se atreven a acusarme de nazi…  No lo soy. Y creo que cualquier lector medianamente objetivo lo tendrá claro tras leer “Diario de un skin” y su continuación en “El año que trafiqué con mujeres”. Aún así, asumiré el riesgo.

Durante mi infiltración en el movimiento de extrema izquierda me encontré los mismos prejuicios, la misma violencia, y los mismos fanatismos que en la extrema derecha. Y también las mismas manipulaciones de la ideología sincera de las bases, por intereses bastardos. Como el reflejo en un espejo. Dicen que los extremos se tocan.

En Galicia mi cámara oculta grabó como, en la sede de la CNT, “pacíficos” manifestantes anti-sistema mimetizaban lanzas y escudos, como inocentes pancartas, preparándose para enfrentarse a las UIP, y como escondían palanquetas para arrancar adoquines en plena manifestación, como los que le han reventado la cabeza a varios policías hace unos días.

En Barcelona mi cámara oculta grabó los talleres de artes marciales, en el Forat de la Vergonya, donde se nos enseñó técnicas de combate específicas para atacar a las UIP. Cuales eran sus puntos débiles entre las defensas del uniforme, como derribarlos, como rematarlos en el suelo… como hacerles daño. Jóvenes antisistema de cinco nacionalidades, excluyéndome a mi, participamos en aquellos talleres de violencia “defensiva” contra la policía. Porque aunque nuestra indignación esté dirigida hacia los políticos, los funcionarios de policía que patean las calles son mucho más accesibles para recibir nuestra ira, que sus mandos o los gestores que nos gobiernan. Como si ellos no fuesen ciudadanos, con los mismos recortes, hipotecas y problemas que el resto…

Aprendí a hacer cócteles molotov, potenciando la formula con cola, para que la combustión de los cajeros bancarios  fuese más eficiente. Participé en la redacción y la distribución de los folletos, donde se explicaba a los manifestantes más violentos como debían comportarse en  el momento de la “batalla”, como protegerse de los gases lacrimógenos, o como, en caso de detención, debían llamar a ciertos abogados “afines a la causa”, y denunciar, por norma, la “violencia policial”.
Estoy seguro de que la mayoría de aquellos jóvenes rebeldes, antisistema, okupas, anarquistas, o antifas, eran absolutamente sinceros en sus protestas. Que además considero legítimas. Pero de la misma forma en que hipócritas líderes políticos de la extrema derecha, se lucran con la prostitución de cientos de miles de negras, sudacas o asiáticas -mientras sus borregos seguidores neonazis proclaman la expulsión de los extranjeros como baza política-, con la extrema izquierda ocurre exactamente lo mismo.

Aquellos jóvenes antiglobalización, que ejecutaban la violencia contra la policía en las calles de Catalunya, Madrid, Galicia o Euskadi, solo eran peones de un juego más ambicioso.

En aquella infiltración recibí la asesoría de una fuente que en aquellos días trabajaba para el CNI. Cuando llegamos a la primera reunión, yo identifiqué a un informador de los Mossos d´Escuadra, y me amigo me reveló que otro de aquellos “violentos antisistema” trabajaba para CNP, y otro más para Guardia Civil… Al final, casi todos los asistentes a aquel comité, para establecer las “acciones” en las calles, éramos infiltrados. En mi caso un periodista, en el del resto, de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Pero había más jugadores en aquella partida. Nuestro instructor en el taller de artes marciales del Forat de la Vergonya, diseñado para enfrentarnos a las UIP, era un cubano –como yo, pero este de verdad-. Yuri era un tipo grande y robusto, campeón nacional de halterofilia –decía-, y cinturón azul de karate, aunque presumía de tercer dan en Kumité. Y según nuestra investigación, probablemente vinculado a los servicios secretos cubanos, y a un proyecto mucho más ambicioso donde, los jóvenes de extrema izquierda, que recibimos sus enseñanzas, y que luego las ejecutamos en las calles, solo éramos peones. Y los policías agredidos… un daño colateral.

Siempre es igual, no importa que estén al extremo derecho o izquierdo de la radicalidad política… marionetas bienintencionadas movidas por intereses políticos –o económicos- ocultos.

Acostumbramos a escribir la historia en clave de buenos (nosotros) y malos (los demás). Como si el paisaje en que nos movemos estuviese proyectado en blanco y negro. Pero no es verdad. Hay una gama enorme de colores que dibujan que es verdad y que es mentira, en función de quien contempla dicho paisaje. Y muchos más factores en la ecuación.

Más de 80 policías heridos, en los disturbios de la última manifa, son muchos heridos. Demasiados. Es probable que los responsables estén en  los mandos de Interior y su mala gestión policial de la UIP aquella noche, pero tras mi experiencia personal no puedo evitar sospechar que quizás han existido otros intereses ocultos moviendo los hilos en aquellas agresiones. Desafortunadamente, esta vez no había un periodista armado con una cámara oculta que pudiese ofrecernos pruebas de lo que se cuece tras las bambalinas de los escenarios de la violencia.

Ojalá esta tarde no se repita la historia, una vez más…